La doble cara de la política nacionalista: sobre la ambivalencia del pragmatismo nacionalista y la determinación en el “procesismo” (I).

En los últimos años se ha recordado el papel decisivo que el nacionalismo ha tenido en la gobernabilidad de España. Ha habido sucesivos llamamientos a recuperar ese nacionalismo responsable que contribuyó a que los Presidentes González, Aznar y Rodríguez Zapatero pudieran formar Gobierno. Sin embargo, la contribución a la gobernabilidad de España no fue nunca impedimento del doble juego del nacionalismo. Un magnífico ejemplo es lo sucedido con la Declaración de Barcelona de 1998, para algunos, punto de arranque del fenómeno moderno del separatismo. Sin embargo, en contra de esa tesis, lo que sucedió con la declaración es sintomático de un proceder nacionalista mediatizado entre el pragmatismo y el idealismo voluntarista.

La declaración de 1998 constituyó una reflexión sobre los principios que los nacionalistas gallegos (BNG), vascos (PNV) y catalanes (CiU) (en una especie de redición de GALEUZCA) consideraban fundamentales para una renovación del Estado español desde la perspectiva territorial y, concretamente, sobre algo tan actual como la plurinacionalidad del Estado. Sin embargo, las pretensiones nacionalistas duraron poco. A pesar de la trascendencia política que se quiso otorgar a la declaración, tan solo un año después CiU olvidaba sus compromisos en las elecciones catalanas, lo que sirvió para que los nacionalistas vascos declararan su necrológica (Iñaki Anasagasti dixit).

La “traición” al nacionalismo no dejaba de ser un nuevo envite del pragmatismo nacionalista, que escondía, como siempre, una doble cara. Esa vertiente del nacionalismo, abierto a la gobernabilidad de España, era, sin embargo, la contrapartida a la “estrategia de la catalanización” (“apóyame en Madrid y haz lo que quieras en Barcelona”). En buena medida, esa doble faz del nacionalismo se explica por la propia realidad de la sociedad catalana. La sociedad catalana nunca se había declarado mayoritariamente independentista (según el Centro de Estudios de Opinión de la Generalidad de Cataluña, el porcentaje de independentistas se mantuvo contenido entre el 14 y el 20 por ciento entre 2003 y 2010), mayoritariamente tampoco tenía orígenes catalanes (en 2000, la población con ascendencia procedente de otras regiones españolas era del 59,2%), ni siquiera la mayoría tenía el catalán como primera lengua (esto sigue siendo así todavía). La mayoría de la población, por tanto, no ostentaba una identidad catalanista fuerte. Todo lo contrario. Esto explica que una parte no desdeñable de esa mayoría social haya sido tradicionalmente abstencionista en las elecciones autonómicas, pero que sí votara por partidos estatales en las generales (fundamentalmente al PSC), en una especie de compromiso con la identidad nacional superior. Podría decirse que la ambivalencia y la política utilitarista del nacionalismo servía de coartada frente a esta parte de la población.

¿Cómo es posible que no decayera la estrategia de la catalanización, si se mostraba enfrentada a una parte importante de la sociedad catalana? De alguna manera podría decirse que esa estrategia estaba en la cabeza de las élites nacionalistas, pero no en la mayoría de la sociedad. La política seguida por CiU desempeñó un papel muy relevante en la imagen oportunista transmitida por el nacionalismo, pero también en la génesis del sentimiento de agravio.

La estrategia fue exitosa. Fue articulada desde un comienzo mediante una táctica de inoculación lenta, que fue calando poco a poco. Por poner algunos ejemplos, se comenzó con algo tan burdo como el fomento de la catalanización de los apellidos, se continuó con prohibiciones de roturación exclusivamente en español, se siguió utilizando la calificación de “nacional” para referirse a las instituciones catalanas o, incluso, pequeños gestos como la polémica previa a los juegos olímpicos en relación con el himno que debía sonar cuando entrara el Rey al estadio olímpico…  No obstante, todo ello no hubiera tenido mucho éxito sin dos hitos clave. El primero, por orden cronológico, es la creación de las cadenas autonómicas de radiotelevisión y, el segundo, la inmersión lingüística en la educación. Ambas cuestiones serán abordadas en el último de los comentarios sobre este tema, pero ahora sí parece necesario recordar el peso de los medios de comunicación en la transmisión de una realidad diferencial y, además, desde hace muchos años. Recuérdese que, al amparo de la Ley del Tercer Canal, la Corporació Catalana de Mitjans Audiovisuals (CCMA) fue de las primeras en comenzar a operar en 1983; hoy cuenta con cinco canales, aparte de varias emisoras de radio.

Es muy interesante observar cómo, a pesar de esa política dirigida a forjar identidad, en el año 2000 la situación socio-política de Cataluña nada tenía que ver con la presente. No hace tanto tiempo, un muy interesante informe, titulado “Cataluña en la España actual” (Generalidad de Cataluña, 2000), nos mostraba una sociedad totalmente distinta. De ese informe se extraen conclusiones que chocan frontalmente con la realidad que vivimos y que nos reafirma en la pregunta acerca de lo que ha debido suceder en los últimos años para que, una sociedad que se pronunciaba en los términos que señalaremos a continuación, se haya radicalizado y polarizado tanto. Del citado informe quiero resaltar tres afirmaciones extraídas de las conclusiones del propio documento:

“La idea de España como un país diverso y plural convive en la opinión pública con aquella otra que enfatiza la existencia de una identidad española compartida por la mayoría de los ciudadanos”, aunque, se añade, “en Cataluña se pone el acento en mayor medida sobre el hecho de la diversidad”.

La segunda:

“La idea que se tiene de Cataluña es distinta dentro de esta comunidad y fuera de ella. Dentro de Cataluña las opiniones se dividen entre los que la conciben como una comunidad diferenciada o como una nación”.

Y la tercera:

“Todos los estudios realizados sobre los sentimientos de identidad concluyen que una mayoría de los catalanes se sienten identificados simultáneamente con Cataluña y con España, sea de una manera equilibrada o con predominio de la identidad catalana sobre la española; es lo que algunos autores han venido denominando ‘identidad dual’. Sólo algunas minorías manifiestan una identidad excluyente, que puede ser catalana o española”.

Estas citas ponen de relieve hasta qué punto la sociedad catalana ha sido radicalizada en los últimos 17 años. ¿Qué ha pasado para que en tan poco tiempo se haya inoculado ese virus contra España? La estrategia de la catalanización pudo ser el germen del fenómeno actual, pero no lo explica por sí solo. La crisis económica y la movilización social, blandidas mediante el más audaz populismo, el adoctrinamiento y la manipulación informativa, tienen mucho que ver en el siguiente paso. Como mostraremos en los siguientes comentarios sobre el tema relativo al auge y sostenimiento del independentismo en Cataluña, a partir de 2004 la táctica de la catalanización es claramente superada, para asumir otra más radical y abiertamente decidida: el “procesismo” hacia la independencia. Ya no se trata de “hacer más catalanes”, sino de inculcar abiertamente el desprecio y el odio a España.

El pasado 2 de diciembre, El País publicaba un interesante artículo de Javier Ayuso sobre el origen de aquella estrategia y cómo, desde comienzos de la década de los 90, se origina toda una estrategia orientada a “la construcción de un enemigo de Cataluña”. Primero fue el “España no nos entiende”; más tarde, “España nos roba”; luego se pasó a “España nos oprime”; y desde el día del referéndum ilegal del uno de octubre “España nos agrede”. A partir de 2004, el nacionalismo se torna hacia un claro dirigismo, articulado mediante un proceso sin final, cuyos resultados sufrimos en la actualidad.

En los próximos comentarios trataremos de explicar los basamentos imprescindibles para que un movimiento basado en manipulaciones y burdas mentiras se haya consolidado tan fuertemente en la sociedad catalana.

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