El cinismo o el arma de los independentistas para ocultar su propia cobardía.

En los últimos días se ha observado un incremento del ya tradicional cinismo de los independentistas catalanes. Las acciones judiciales emprendidas (como el recurso de amparo presentado por Oriol Junqueras), las entrevistas o columnas (clandestinas) de los encarcelados en los voceros oficiales del independentismo, las manifestaciones (cada vez menos concurridas) o algún periodista irredento, nos quieren convencer de que algunos siguen en la cárcel por sus ideas. “Señoría, cómo le puedo probar a usted que no voy a reincidir, si sigo en la cárcel”; “lo que no me puede pedir usted es que no reincida en lo que pienso o siento”… Este argumento cala entre los persistentes radicales, pero oculta un cinismo insoportable que sólo sirve para ocultar la cobardía de quienes con tanto desprecio se rebelaron contra el sistema democrático y de Derecho vigente. Un recordatorio de los hechos, servirá para confirmar el pronóstico.

Quienes ahora dicen ser presos políticos, resulta que hace apenas cuatro meses: 1º) Se pronunciaban insistentemente en cuantos medios de comunicación estaban a su alcance, afirmando que llegarían hasta el final, declararían la independencia, y todo ello, sin tener ningún temor a las consecuencias, incluso, penales; es decir, desde hace meses, todos estos señores y señoras son conscientes de que algún ilícito estaban cometiendo; 2º) Esa conciencia era tan manifiesta, que no podemos dejar de recordar cientos de declaraciones que insistían en que se iba a incumplir cualquier Sentencia del Tribunal Constitucional que impidiera celebrar el supuesto “referéndum de autodeterminación”. A ello se añadió el mantra de que sólo se iba a cumplir la legalidad catalana… Al final incumplieron no una, sino varias resoluciones del Tribunal Constitucional, pero también de otros órganos jurisdiccionales, aprobaron varias Leyes en sesiones memorables del Parlament, incluidas advertencias expresas de los Letrados sobre su ilegalidad. Todo es bien conocido. En definitiva, alguna desobediencia debían intuir en sus actos y, desde luego, eran muy conscientes de la trascendencia penal de los mismos; 3º) Para organizar todo el entramado necesario para construir un nuevo Estado, así como para organizar un referéndum, se necesitaba dinero; hace unos cuantos meses, al aprobarse los últimos presupuestos de la Generalidad, se publicó que estos ocultaban partidas cuyos gastos estaban dirigidos a financiar estos estipendios. Se recuerdan todavía las declaraciones del encarcelado Junqueras diciendo que eso no era verdad, pero que si lo fuese, no lo iba a decir en sede parlamentaria; es decir, algo se olerían estos señores para ocultar una malversación de fondos públicos tan evidente. Luego se ha probado que algo de eso había, pero lo cierto es que todo fue mucho más complicado; las últimas noticias nos destapan la malversación de fondos públicos millonarios (en torno a 3 millones de Euros) con origen diverso. 4º) ¿Quién no recuerda los ceses de todos aquellos Consellers que mostraron sus dudas y temores acerca de la peligrosa deriva que tomaba el procés poco antes del 1 de octubre? Entonces fueron nombrados los irreductibles, aquellos que no se achantarían. En esas fechas, también debemos recordar la gallardía de todos esos consejeros al firmar conjuntamente cuantas declaraciones y decisiones condujeron a los hechos que vivimos el octubre pasado. Las reticencias de algunos en “comerse el marrón” solos, llevó a esta fórmula para repartir responsabilidades. Quizá yo sea muy perspicaz, pero intuyo que algo así se haría a sabiendas de que lo que se estaba firmando era constitutivo no de uno, sino de varios delitos; 5º) Tras el infausto 21 de septiembre, cuando fueron detenidos varios altos cargos y una muchedumbre destrozó varios coches de la Guardia Civil y retuvo en contra de una orden judicial a varios miembros del cuerpo armado, recuerdo al Delegado del Gobierno comentando que salía de una reunión con Oriol Junqueras quien había estado llorando por las detenciones; vaya, se me ocurre que algo intuiría acerca de las consecuencias que un acto de tal calibre podría tener; eso del pacifismo y las sonrisas como estandarte quedaba oscurecido tras aquella turba intimidatoria; 6º) Los repetidos actos de desobediencia, amenazas, insultos, intimidación e, incluso, agresiones contra Policía Nacional y Guardia Civil durante los días más críticos tras el 1 de octubre, habría hecho despertar a más de una mente somnolienta, para percatarse de la gravedad de esos acontecimientos; si a ello añadimos la pasividad, cuando no complicidad de los Mossos, no nos podemos sorprender con las noticias que descubren la abierta colaboración del cuerpo policial en los sucesos recordados. Dejaron a su suerte a la Policía Nacional y a la Guardia Civil ante miles de personas enardecidas, desafiantes y bien organizadas. Hombre, aquí alguno de los encarcelados quizá pudo ser consciente de que alguna responsabilidad se podrían derivar de todos estos actos; 7º) Cuando se celebró aquel pleno en el Parlament para declarar la independencia, hubo algunos hechos que nos descubren que los llamados presos políticos, eran muy conscientes de que lo que estaban haciendo era constitutivo de delitos muy graves. Primero, el actual presidente del Parlament solicitó la lectura de una parte de la declaración; segundo, la propia declaración tenía una estructura que quería invitar a la confusión sobre aquello que se apropaba; tras la votación, la entonces presidenta no proclamó nada, se limitó a afirmar que se había aprobado la declaración; posteriormente, nada se publicó oficialmente, la bandera española siguió ondeando… Ahora todo esto es utilizado para hablar de un acto simbólico, sin eficacia jurídica alguna. Claro eso no explica por qué durante aquel pleno, la diputada de la CUP Ana Gabriel pidió la palabra para justificar por qué el voto iba a ser secreto, afirmando sin tapujos que era para evitar responsabilidades; 8º) Antes, durante y después del 1 de octubre es difícil contabilizar el número de manifestaciones legales e ilegales habidas, aparte de cortes de carreteras, de vías férreas, cierre de actividades comerciales, etc. Todo ello con actos bien organizados, con intimidación y amenazas, cuando no, como sucedió el 1 de octubre, de resistencia a la autoridad que generaron situaciones violentas.

Tras este brevísimo recordatorio, al que desde luego podrían añadírsele varios cientos de hechos más, resulta difícil empatizar con quienes, sin el menor escrúpulo, nos hablan de presos políticos. “No voy a reincidir, señoría”, dicen ahora. “No puedo demostrar mi nuevo talante, si sigo en la cárcel”.

Todos estos individuos permanecen en prisión por lo que han hecho: organizar y participar activamente en un entramado institucional y civil, financiado con dinero público, dirigido a subvertir el régimen democrático y de Derecho vigente. Que esto sea constitutivo de un delito de rebelión o sedición; que, en su caso, lo sea en grado de tentativa o no, es algo que resolverá el Tribunal Supremo. Ahora, que esos actos están siendo concienzudamente probados por el juez instructor y la policía judicial, no cabe la menor duda. Que en todo ello no se pone en tela de juicio lo que uno piensa, es también evidente; miles de personas pueden sentirse independentistas y siguen manifestándose, votando y expresándose como tales. La diferencia es la responsabilidad que los dirigentes políticos y sociales asumieron para habilitar con sus decisiones y actos que toda aquella subversión pudiera ponerse en marcha. Hasta el más bobo se da cuenta de esto.

¿Y qué pasa con el riesgo de reincidencia? Desde las elecciones del pasado diciembre hemos asistido a varios actos que ponen de relieve cómo quienes estuvieron en la cárcel y fueron dejados en libertad, han urdido, han contribuido, han participado, han animado… a que un fugado de la justicia que todavía se cree presidente de una república inexistente y que declaradamente mantiene la vía unilateral, pueda ser nombrado presidente. El intento de investidura a distancia, con voces que pedían volver a desoír al Tribunal Constitucional, es un buen ejemplo. El vodevil de las negociaciones acerca de una estructura paralela al gobierno de Cataluña en Bélgica, también. Insisto que, en esta página de nuestra historia, están enrolados buena parte de los que salieron de la cárcel investigados por los mismos hechos en los que participaron quienes siguen encarcelados.

Pero no nos equivoquemos, los que todavía están en la cárcel no harían nada de eso. Ellos no.  Son mucho más consecuentes y respetuosos que los que salieron de la cárcel con anterioridad, dónde va a parar (¿?).

Admitan de una vez que su propia cobardía les llevó a dónde están. Su gallardía inicial se ha desinflado tan pronto la justicia les ha puesto en su sitio. Ahórrense la matraca de que sus ideas son la clave… Cinismo y poca vergüenza.

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