Mi tesis doctoral (o por qué las comparaciones son odiosas, sobre todo si eres el Presidente del Gobierno)

Soy Doctor desde hace ya quince años. Tardé unos cinco en presentar mi tesis y defenderla ante un Tribunal de reputados Catedráticos que me otorgaron la máxima calificación. Mi entorno profesional, el académico, está lleno de Doctores que, con un gran esfuerzo, culminaron su primera gran investigación y que, tras años de sacrificio, defendieron con éxito sus trabajos ante tribunales de prestigio. Conocido mi esfuerzo y el de mis colegas para culminar nuestras tesis doctorales, no puedo resistirme a escribir, aunque créanme que lo he evitado durante estos meses, sobre cómo nos sentimos quienes hicimos una tesis, elaborada y defendida bajo los parámetros que exige la probidad académica, al observar el modo en que se doctoró el actual Presidente del Gobierno.

Como he dicho, me demoré unos cinco años en terminar mi tesis. Hoy en día, con los nuevos planes de estudios, los doctorandos disponen de entre tres y cuatro años para hacer sus tesis doctorales. Quiero decir con esto que, tratándose de un primer trabajo intelectual de envergadura, el doctorando precisa de un tiempo considerable para investigar y redactar una tesis original. Es cierto que no en todas las disciplinas los plazos son similares; ahora bien, no creo que haya un área de conocimiento en la que un doctorando no tenga que emplear esos tres o cuatro años para hacer una tesis, máxime si ello implica estancias en el extranjero, o como nos sucedía antes, la elaboración de la tesis se coordinaba con la impartición de docencia. En fin, pongo énfasis en este aspecto, porque es llamativo que nuestro Presidente terminara su tesis en algo más de dos años. Alguien podría decirme, a continuación, que las capacidades intelectuales, los temas y la dedicación personal, pueden incidir de forma determinante en el tiempo finalmente empleado. Cierto. Sin embargo, lo que digo es más relevante si tenemos en cuenta que el ahora Presidente por entonces ya era profesor de la Universidad Camilo José Cela, lo que supongo, como me sucedió a mí, debería haber contribuido a retrasar la culminación de la tesis. La respuesta a mi duda, claro está, parece evidente: el Presidente es intelectualmente superior a la media y, por ese motivo, requiere menos tiempo que la mayoría para realizar su tesis. Podría ser verdad; sin embargo, esa conjetura no explicaría por qué a tan solo catorce meses de la lectura de su tesis pidió ayuda por las redes sociales para obtener bibliografía sobre el tema de investigación. En otras palabras, prácticamente a un año vista para presentar su tesis, todavía el doctorando Sánchez estaba recopilando fuentes bibliográficas para “escribir unas notas sobre diplomacia económica”, decía, y añadía, “alguien puede aconsejarme literatura económica para leer…”. Es decir, catorce meses antes no tenía ni preparada la bibliografía necesaria. Como Doctor y director de tesis que soy en el ámbito de las ciencias sociales, me resulta imposible pensar que alguien en ese estado tan inicial de una investigación pueda hacer una tesis (ni buena, ni mala) en tan solo un año.

La investigación es una labor generalmente solitaria. Puntualmente ese proceso individual puede verse roto por las tutorías con el director de la tesis, por entrevistas con profesores expertos, o bien por la asistencia a seminarios y congresos. Uno se enfrenta a su tema con la orientación de su director, pero al final, el resultado es una obra personal y original, donde el doctorando tiene que haber adquirido las habilidades y conocimientos suficientes como para convertirse en un investigador maduro que pueda fundamentar y defender una opinión especializada estrictamente propia. Esto es clave en cualquier investigación. De nuevo, tenemos que llamar la atención sobre este aspecto, porque son bien conocidas las dudas puestas sobre la autoría de la tesis del Presidente Sánchez. Esas dudas no fueron generadas por una oposición maliciosa y, por utilizar la expresión de moda, que convierte la política en un “lodazal” (¿les suena?). Fueron puestas de manifiesto por el ex-ministro Sebastián, quien vino a decir que en su Ministerio “echaron una mano” al ahora Presidente. Las dudas en torno a la autoría de la tesis luego se confirmaron con la publicación de la tesis en coautoría, como si esa publicación fuera el resultado de una investigación en común. No incidiremos más en este punto porque volveremos a él más adelante.

La probidad académica es un pilar insoslayable en la investigación universitaria. Una de las primeras cosas que aprendí como doctorando fue lo importante de citar bien. Por entonces, además, la clave era citar mucho, pues sólo así se podía demostrar el dominio de todas las fuentes y, tengo que confesarlo, se rendía debido tributo a los maestros que regían los designios de la disciplina y, como no, a los profesores expertos en la materia de estudio. Uno no podía tentar a la suerte y que un miembro de su tribunal de tesis le pudiera criticar por no haber tenido en cuenta algún trabajo relevante. Con esto quiero decir que mi tesis doctoral, si por algo peca, es por algo bastante común en las ciencias sociales: la esclavitud de la cita. Desde luego el plagio no estaba entre mis opciones, probablemente porque ni siquiera se me habría ocurrido, aunque sólo fuera por el respeto, casi temor, que me infundían los maestros que guiaban nuestra vida académica. Leo con estupefacción, sin embargo, que la tesis del Presidente Sánchez muestra indicios de plagio que, según los software existentes, puede rondar entre el 13 y el 20 por ciento del total de la misma. El diario ABC ha hecho una labor minuciosa y ha puesto de relieve bastantes ejemplos de plagio con varias portadas dedicadas al tema. En este enlace una pequeña muestra. Es verdad que los filtros de búsqueda que utilizan esas herramientas informáticas anti-plagio condicionan el resultado, así lo demostró una de las empresas utilizadas por el propio Gobierno para probar la honestidad del Presidente Ahora bien, en el caso del Presidente las sospechas son más que evidentes por mucho que el porcentaje bajara del 20 por ciento. Téngase en cuenta que, además, por las mismas fechas en que saltaba el escándalo de la tesis del Presidente, la Universidad de Barcelona retiraba el título de Doctor a otro político del que se había constatado un plagio “de tan solo” cuatro páginas en su tesis doctoral. No debemos, en cualquier caso, reducir esta cuestión crucial a una cuestión puramente cuantitativa. Aquí entran en juego criterios éticos que resquebrajan la seriedad de la universidad española malherida en los últimos tiempos por estos y otros motivos. Valores que el propio Presidente puso de manifiesto en sede parlamentaria durante la moción de censura que le aupó como nuevo Presidente, recordándole al expresidente Rajoy que en Alemania dimitían por mucho menos (que los casos de corrupción vinculados al PP, se entiende), por ejemplo, por plagiar una tesis (¡!); no hace falta decir, que él ahora no aplica a sí mismo el mismo patrón.

Un valor fundamental de cualquier tesis es que utilice un método que permita validar los resultados y que, lógicamente, esos resultados sean originales. Pero, aparte de lo sustantivo, también es importante el aspecto formal, es decir, que la ortografía sea correcta, la sintaxis clara, que no haya erratas, que la bibliografía se confeccione siguiendo modelos adecuados… Creo que esto fue lo primero que aprendí en la universidad. Hay que saber escribir bien, hay que citar correctamente… Confieso que yo no me caracterizaba por utilizar un estilo de escritura sencillo y, a lo largo de mi carrera académica, he mantenido una lucha constante conmigo mismo para adoptar un estilo claro y menos abigarrado. En uno de los últimos artículos dedicados a esta cuestión en el diario ABC se nos mostraba que la tesis del doctor Sánchez estaba trufada de erratas en las citas, una bibliografía defectuosa, transcripciones sin comillas (como si lo transcrito fuera cosecha propia) y, en general, un exceso de “corta-pega” de referencias normativas y de instrumentos programáticos que desvirtuaban la tesis en lo formal, pero que necesariamente también han de tener repercusión en cómo valorar lo sustantivo. Esa opinión se reitera por otros Doctores que han analizado al pormenor la tesis.

En la larga y dura labor del doctorando, un pilar clave es el director de tesis. El director es, por definición, un miembro de la universidad que por su experiencia puede trasladar a su pupilo dos tipos de conocimientos: 1º) El método, es decir, las herramientas a utilizar para que el proceso intelectual permita llegar a soluciones verificables; 2º) Conocimiento experto en la materia de la tesis que sirve, principalmente, para enfocar y encaminar el trabajo y para resolver problemas puntuales que puedan surgir a lo largo de los años. Un buen director debe reunirse cada cierto tiempo con su doctorando y reportarle sobre los avances de la tesis, permitiendo así que se pueda corregir y reorientar, de ser necesario, la investigación. En el caso que nos ocupa, veo que el doctorando Sánchez debió estar muy solo. Visto el resultado es evidente que la directora de tesis hizo dejación de sus funciones, a pesar de que ella, lógicamente, diga ahora lo contrario, pues no puedo entender cómo, siendo un buen director, una tesis doctoral puede ser defendida en las condiciones en que fue presentada. No obstante, no me atrevo a criticar la tesis, que sólo he leído parcialmente, en el plano intelectual de la obra, pues no soy un experto en la materia. Sería temerario por mi parte. Sin embargo, ya han habido expertos que se han encargado de calificarla como un trabajo de escasa relevancia. Aquí una buena directora debería haber infundido en su doctorando la idea de que el grado de doctor no es algo que se regale por rellenar 300 páginas. En segundo lugar, y apreciados los errores antes destacados, un buen director de tesis debería haber alertado a su doctorando sobre lo intolerable de ese tipo de errores. El prestigio de la tesis es el prestigio de su autor, pero el director también se juega el suyo propio al permitir que se defienda una tesis que no responde ni a los parámetros formales, ni al nivel sustantivo que se predica de una tesis media.

Después de varios años de estudio y dedicación, terminé mi tesis. Siempre digo que acabé agotado con el tema. Tras depositar mi trabajo tuve que esperar varios meses hasta que pude defenderlo ante un tribunal formado por cinco Catedráticos, entre quienes estaban algunos de los mayores expertos en la materia. Obtuve la máxima calificación y el honor que es ser Doctor. No conozco ningún caso en que el tribunal de una tesis no estuviera compuesto por profesores universitarios con un bagaje suficiente. En mi época era raro que los miembros de un tribunal no fueran Catedráticos. Ahora yo diría que sí lo es, pero hay que tener en cuenta que un Profesor Titular, incluso muchos Profesores Contratado-Doctores, pueden tener más experiencia académica y sexenios que muchos antiguos Catedráticos en el momento en que ganaron merecidamente sus plazas. Las cosas han cambiado mucho y hoy un buen tribunal de tesis puede incluir representantes de distintos grados del escalafón académico. Que esto sea así no quiere decir que yo haya conocido algún caso en que, por ejemplo, un recién doctorado haya formado parte de un tribunal de tesis. Digo esto porque en el tribunal de tesis del Presidente, hasta tres miembros eran Doctores con nula o muy poca antigüedad y no había ni un solo Catedrático. Sé que la normativa académica de la Universidad Camilo José Cela no exige, como sí hacen las Universidades públicas, que los miembros de un tribunal de tesis tengan, al menos, dos sexenios de investigación; que esto sea así en esa universidad, sólo se explica por la necesidad que la propia universidad privada tenía de contar con personal Doctor, para poder cumplir con las exigencias normativas relativas al porcentaje de Doctores entre el personal docente. La consecuencia es evidente: la devaluación del título académico y del honor y la dignidad de ser Doctor.

La culminación que todo nuevo Doctor desea para su investigación doctoral es que sea leída y citada. Esto implica su publicación. De hecho, de la publicación de la tesis depende luego la obtención de acreditaciones y sexenios que marcarán toda la vida académica. Los pocos colegas que no consiguieron publicar su tesis después de su defensa han llevado siempre ese lastre y les ha repercutido en el desarrollo ulterior de su carrera académica. Sea como fuere, sea o no publicada la tesis, un nuevo Doctor encuentra un orgullo infinito en ver que alguien quiera leer su tesis y, mucho más, si luego es citado. Es muy extraño, por este motivo que el Presidente Sánchez nunca haya querido divulgar su tesis. Pero volviendo a la satisfacción que supone ver tu tesis publicada, encuentro muy extraño que un Doctor publique su tesis en coautoría. Es difícil comprender cómo un trabajo que se estima original y personal puede ser publicado por dos personas. Esto hizo nuestro Presidente Sánchez conjuntamente con un ex-asesor del ministro Sebastián. Aquí las hipótesis que se abren son dos. La primera es que el libro publicado no sea exactamente copia de la tesis, sino un trabajo ampliado con capítulos originales de otro autor. Este podría ser el caso del libro del doctor Sánchez. Sin embargo, el índice de su libro no aclara bien qué partes son las imputables al otro autor. La confusión en este aspecto es una de las claves que nos lleva a la segunda hipótesis. Sobre esta hipótesis ya nos pronunciamos antes: la coautoría del libro abre sospechas fundadas sobre la autoría real de la propia tesis. Fíjense que puedo llegar a entender que un doctorando desesperado por publicar pueda ceder y publicar su trabajo doctoral en una monografía compartida donde la autoría de cada capítulo quede perfectamente definida. Ya digo que no lo he visto nunca, pero puedo llegar a entenderlo. Ahora bien, que un nuevo doctor opte por publicar su tesis conjuntamente con otra persona que, casualmente, es la misma sobre la que se ciernen las dudas acerca de una eventual “ayuda” en la elaboración de la tesis y, además, sin una clara distinción de capítulos y autorías, no lo comprendo. Para mí esto es desvirtuar años de trabajo y perder la recompensa de la publicación que tanto se desea. Inaudito.

Termino ya. Yo, como otros muchos que dedicamos años a hacer nuestra tesis doctoral e invertimos mucho esfuerzo para lograr ser Doctores, no podemos comprender que se pueda defender en este aspecto al Presidente Sánchez. Las comparaciones, dicen, son odiosas y en este caso mucho más, son muy dolorosas. Nos jugamos el prestigio de la universidad española y el reconocimiento de nuestros investigadores. Sólo se puede pedir una cosa: dimita y salvaguarde la dignidad de la universidad española.

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